miércoles, 2 de enero de 2008

Ya falta menos...


Esta mañana he leído en un blog que el año, que un año, pasa rápidamente.

No estoy de acuerdo: El año, un año, este año en el que estamos y cualquier otro¡¡ PASAN CAGANDO LECHES ¡¡

Esta mañana he arrancado la tapa del nuevo calendario que he puesto en mi despacho, justo detrás de la pantalla de mi ordenador y un poco por encima de ella: ¡¡Y resulta que ya estamos a día 2¡¡


Dentro de poco, dentro de nada, como quien dice, Semana Santa. Total, para finales de Marzo. ¿Y cuánto queda para Marzo?. Pues acabar el mes en el que estamos, pasar Febrero (que este año tiene un día más, 29), y dos semanas más y ¡¡CATAPUN¡¡, Semana Santa.

Y de la Semana Santa, temporada en la que aún vas con abrigos y chaquetones, hasta el comienzo de las vacaciones veraniegas, dos meses y medio más. Apenas te vas a dar cuenta y pasarás del chaquetón a la camiseta de manga corta con algún slogan en la espalda.

Y el verano pasa que ni te enteras: entre preprar vacaciones, disfrutarlas pensando en la vuelta al trabajo, y pasar unos cuantos días más hablando de lo que has hecho...¡¡CATAPUN, OTOÑO¡¡. Vuelta otra vez al chaquetón y a subirte el cuello del mismo para protegerte de las inclemencias del tiempo.

Y el otoño todos sabemos que acaba justo cuando empiezan las navidades y como, además, está el tema del cambio de hora y los días acortan que es una cosa mala y se hace de noche casi justo después de comer, pues resulta que ni vivimos...De casa al trabajo y del trabajo a casa.

Y ya estamos de nuevo en las Navidades...

Y vuelta a empezar...

Y cuando te das cuenta tienes 98 años, has arrancado 1.176 hojas de calendario, estás hecho unos zorros, no tienes ganas ni de respirar y no te has dado ni cuenta de cómo has llegado a esa situación.

Lo dicho: la vida son 4 días, no desaprovechemos el tiempo en simplezas, tonterías, envidias, egoismos, malas leches, malas caras y sangres y procuremos vivir cada segundo lo mejor que podamos y, por supuesto, procurando hacer la mayor cantidad de bien que podamos y el menor mal posible.

Feliz Semana.

martes, 1 de enero de 2008

Y el primero del 2008...

Ya estamos en el Nuevo Año. Ya han pasado los momentos de la Cena de NocheVieja, de los preparativos de las uvas para el paso de un año a otro, de los brindis con cava o champan, de los licores, cafés, turrones, más licores, más cava o champan, más dulces...excesos, en definitiva, consecuencias de los mismos, y arrepentimientos posteriores.

Ya he comentado en alguno de mis artículos que tengo ciertos problemas de vesícula y a dicho órgano humanoide hay que tratarlo, en mi situación, con mimo y cariño, con dulces palabras de amor, con tiernas caricias, con suaves y relajantes alimentos y, todo ello, además, en su más estricta y justa medida. Y yo, anoche, traté a mi queridísima vesícula a martillazo limpio, a patadas en la boca, a golpes de llave inglesa en la frente y con una superioridad y chulería digna del más insigne proxeneta.

¿Consecuencias de mi trato inhumano hacia un órgano pequeñito y que no tiene culpa de nada? Pues que esta mañana hemos tenido que ir, mi señora y yo, al hospital que tenemos enfrente de casa, en La Capital, a urgencias, me han puesto una inyección en el trasero (una enfermera muy guapa, por cierto), y a la hora exacta ya estaba yo bien. Mi vesícula ha empezado a dejar de quejarse, al menos con la intensidad que se estaba quejando antes. Ahora sólamente me está echando en cara el mal trato que le dí anoche.

El arrepentimiento ha hecho mella en mí, ha entrado en mi vida de lleno, a golpe de dolor. ¿Mi penitencia?: que no me voy a pasar ni un pelo de conejo tanto en comidas como en bebidas como en todo lo que se pueda meter un ser humano en la boca (y no quiero hacer, con esto último, ningún chiste).

Mis hijas, ambas dos, muertas todavía en sus respectivas camas, pero bien, gracias.

Y yo, ahora mismo, me voy a echar un rato al sofá a cantar una nana a mi vesícula, a ver si se adormece y descansa, y a tratar de darle un respiro, a la pobrecita, que bastante ha padecido esta noche-madrugada (y yo con ella).

Feliz Año 2008 (...sí, pues empezamos bien...)

Feliz Semana

lunes, 31 de diciembre de 2007

Último del 2007...

Dentro de breves instantes nos vamos, mi señora y yo, a La Capital, a pasar la última noche con la hermana de mi señora y con su esposo.

Un año vienen ellos a casa y al siguiente vamos nosotros a la suya.

Tanto sus hijos como los nuestros ya son mayores y pasan esta última noche con sus amigos, en esta ocasión, concretamente, las dos cuadrillas de mis dos hijas, ¡¡¡EN MI CASA¡¡¡

La mayor, con su cuadrilla, seis en total, en el salón del piso. Y la pequeña, ocho en total, en una buhardilla que tenemos arriba, un salón de unos 35 metros cuadrados con fogón y todo. Ya les hemos preparado una enorme mesa, con sus sillas, unos sillones, televisión, equipo de música...pero hemos retirado los cuadros...Mi señora se dedica a pintar cuadros y ese sitio es su estudio, y los cuadros, sagrados.

Miedo me da pensar en cómo vamos a encontrar la casa cuando volvamos mañana por la tarde. Bueno, sabiendo mis hijas cómo pienso al respecto no creo que dejen ni una miga de pan por el suelo, otra cosa es cómo va a estar la casa durante el transcurso de la fiesta, cosa normal, también, por otra parte.

En fin, de algo hay que morir. De todos modos me hace sentir bien el hecho de que, por lo menos las dos hermanas, con sus respectivas cuadrillas, van a estar en casa sin exponerse a todo ese follón que se monta por bares, discotecas, calles, frios, heladas...

Bueno, FELIZ AÑO a todos y a todas, que es lo que en definitiva importa, que por lo menos nos quedemos como estamos, que no es poco, que podamos contarlo y que podamos seguir celebrando muchas más Noches Viejas en compañía de todos nuestros seres queridos.

Un abrazo a tod@s.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Me ha mirado un tuerto...

A mi me ha tenido que mirar un tuerto. Estoy totalmente seguro y convencido. Y voy a explicar brévemente por qué estoy tan seguro.

El día 18 del presente mes de Diciembre me acabaron de montar la buhardilla de mi nueva casa. Toda de madera. Preciosa. Lo normal en esos casos es echar el proyectado encima y, después, proceder a tapar esas maderas y ese proyectado con todo lo que falta para acabar la casa, es decir y verbigracia: ¡¡ tejado y tejas ¡¡

Pues no.

Después de puestas las maderas, vigas y planchas y esperando como agua de mayo a los técnicos que tenían que echar el proyectado, va y se nos pone a llover, justo al día siguiente. En esas condiciones, totalmente prohibido hacer nada. Al albañil no le queda más remedio que cubrir toda la madera con unas enormes telas plastificadas para proteger las mismas de las inclemencias acuosas.

Sigue lloviendo durante varios días. Imposible hacer nada.

Deja de llover y vienen nieblas. Imposible hacer nada.

Se van las nieblas. Sale el sol. El albañil destapa las maderas para que se sequen porque habían cogido humedad.

Se secan. El albañil llama a los técnicos del proyectado para que vengan HOY POR LA TARDE.
Justo a las cuatro de la tarde, momentos antes de que vengan, comienza a subir una niebla cerrada y fria...¡¡¡mecagoentodoloquesemenea¡¡¡

Y no sólo eso: ¡¡ llaman los del proyectado diciendo que se les ha roto la máquina y que hoy no pueden venir, que lo dejan para el próximo miércoles, claro, las fiestas de Fin de Año de por medio...

El albañil, vuelta a subir al tejado, a la techumbre de madera, con todas las lonas plastificadas para volver a tapar las maderas, todo el techado de la buhardilla, hasta el próximo miércoles, siempre y cuando, entre tanto, no llueva y me vuelva a humedecer la madera...¡¡yo mato a alguien...¡¡

Y todo esto, habiendo estado cinco meses seguidos sin caer ni una gota de agua, ni una niebla ni media, sin una humedad ni en sueños.

¿Por qué me han tenido que mirar todos los tuertos del mundo a mí? ¿Tan guapo soy? Bueno, si lo miramos por ese lado, he de decir que mi abuela siempre decía que yo era el nieto más guapo del mundo mundial, y las abuelas siempre tienen razón.

Pero lo del tuerto...

¿Me han mirado mil tuertos o no?

Feliz fin de semana.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Cambiar o no cambiar de moto...

Esta mañana, mientras me dirigía a la oficina de correos a depositar unas postales navideñas para unos amigos me he encontrado con otro amigo motero que estaba en la puerta de su garaje hablando por teléfono.

- Voy a vender la moto -me ha soltado de entrada.

En ese momento llegaba su señora andando y ha oido lo que mi amigo me estaba soltando. Ha sonreído y ha negado con la cabeza.

- Me voy a comprar una GoldWing 1800

- ¡Te vas a comprar una poca leche...¡ -ha dicho su señora.

Esa moto también me gusta a mí lo que pasa es que ahora, tal y como estoy con el tema de la construcción de mi nueva casa y con unos pagos de mil pares de narices, si me meto en esos berenjenales, mi señora me arranca la cabeza de cuajo, la planta en el campo para ver si toma y se queda tan fresca. Y yo no estoy por la labor de perder lo que llevo encima de los hombros.

Con la moto que tengo me sobra y me resobra. Capacidad para llevar bolsas grandes de deporte con ropa para una semana, tiene. Comodidad para piloto y pakete, también. Rápida, potente y segura, tres cuartos de lo mismo...¿qué más quiero? ¿ir por la carretera a 300 km. por hora?. ¡Pues como que no¡.

En eso hemos quedado con mi amigo: en que, de momento, ni vende su moto ni se compra otra...Y si tiene narices que se enfrente a su señora, que es, como todas las señoras, quien manda en casa.

Y ahora, como hace una tarde preciosa, me voy, con el permiso del respetable, a dar una vuelta con mi moto, con esa moto que espero me dure, por lo menos, cuatro o cinco años más...¡¡¡mínimo¡¡¡

Feliz fin de semana.

A veces me acuerdo...

A veces me acuerdo de aquellos días en los que, siendo yo muy niño, me iba, después de cenar en casa con mis padres, a casa de mis abuelos que vivían en la parte alta de Mi Localidad, una casa de esas con una cuadra en el patio donde se alojaban las caballerías, una bodega subterranea donde se hacía y almacenaba el vino, y una cuarto donde se amasaba el pan y donde, en grandes arcones, se guardaban los panes que se hacían y que duraban semanas sin ponerse duros, exactamente igual que ahora, que una simple barra de pan, de un día para otro, se pone dura como el pie de Cristo.

Pues eso, que me iba a casa de mis abuelos y me sentaba en la banca que tenían junto al fuego, al lado de mi abuelo, y me quedaba mirando el juego de las llamas bailando sobre los troncos de leña de olivo mientras mi abuelo, con unas tenazas plateadas y labradas con gráficos en sus mangos, atizaba el fuego de vez en cuando. Mi abuela, mientras, sentada frente al fogón en una sillita baja, hablaba o, como yo, contemplaba el baile del fuego.

El resto de la cocina, con la luz apagada, sólamente recibía el resplandor de las llamas del fogón, y las sombras de nuestros cuerpos apoyándose sobre las paredes de la cocina mientras temblaban al libre capricho del baile del fuego.

Casi siempre acababa yo recostándome sobre el costado derecho de mi abuelo, cansado, adormecido por la calor del fuego y por su visión hipnotizadora.

Sensaciones de niñez que nunca jamás volverán pero que nunca jamás, igualmente, desaparecerán de mi memoria.

Feliz Fin de semana.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Feliz Navidad...

El monovolumen se deslizaba por una carretera húmeda de niebla. Ésta ya había levantado algo pero seguía habiendo en el ambiente ese tono gris que duele en los ojos.

A ambos lados de la carretera, árboles. Los más alejados se veían como desdibujados, borrosos, quietos. La tierra húmeda, y dentro del habitáculo del coche, una suave calor que hacía más desagradable, si cabe, la situación exterior del ambiente neblinoso.

Una música relajante acompañaba al conductor que, golpeteando con los dedos sobre el volante del coche iba acompañando el ritmo de la música.

Se dirigía a casa, a pasar unas felices navidades con la familia a quienes hacía más de tres semanas que no veía: ¡este maldito trabajo que me hace estar hoy aquí y mañana Dios sabe dónde...¡

La velocidad, algo alta. La carretera está bien, pensaba. Algo húmeda, pero bien.

Ya no hay tráfico, todos están en casa y yo, como en muchas otras ocasiones, el último.

Presionó mínimamente sobre el pedal del acelerador tratando de acortar tiempo y distancia. Sus dedos seguían tamborileando sobre el volante, las dos manos sujetas a ambos lados del mismo moviendo los dedos y tarareando con un "la, la, la..." la canción que sonaba.

De pronto, una curva excesivamente cerrada para la velocidad que llevaba, no se había percatado de la señal que acababa de dejar atrás, una que recomendaba ir a setenta kilómetros hora.

Brúscamente frenó mientras giraba el volante hacia su izquierda para tratar de ganar la curva. Vio que el coche se le inclinaba hacia la derecha. Rectificó de nuevo el giro del volante hacia esa misma dirección y el coche obedeció girando hacia la derecha y quedando totalmente cruzado en la carretera mientras comenzaba a dar vueltas de campana siguiendo la trayectoria de la carretera.

De frente, otra curva. El monovolumen siguió recto precipitándose barranco abajo dando vueltas de campana y arrastrando maleza, pequeños arbustos, pinos incipientes mientras miles de trozos de cristal saltaban por los aires y chispas de un rojo intenso iluminaban la poca niebla que en ese momento rodeaba el ambiente.

El monovolumen paró, totalmente destrozado, contra un enorme tronco de pino talado a media ladera. La música del interior del coche seguía sonando. El cinturón de seguridad seguía sujetando, contra el respaldo del asiento, a un cuerpo inerte. Las ruedas del monovolumen, girando y mirando al cielo, a ese cielo que se imaginaba por encima de la escasa niebla matinal.
Y en el salpicadero del coche tres fotografías sujetadas al mismo mediante una base imantada: dos niñas, rubias y de corta edad y una mujer de mediana edad. Debajo de las tres fotografías, una frase lapidaria: "Papá, no corras. Te esperamos"